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Viven en el día de la marmota, y tanto es así que al despertarse a eso de las once, David piensa cada día en la frase “bienvenidos excursionistas” con la que inicia jornada Bill Murray en la película. José se despierta más o menos a la misma hora y tiene similares rutinas de confinamiento: ambos desayunan, hacen algo de ejercicio. “Estoy haciendo un surco en el jardincillo”, dice José, y llega el mejor momento del día. “Es cuando antes de comer nos tomamos una cervecita y videollamamos a algún colega. El otro día charlamos con Albert Pla, por ejemplo”, recuerda David. Por lo general el invitado es un colega del barrio, como el Jandy, grafista, Pepito Grillo de la pareja y amigo desde que en los noventa, los hermanos Muñoz no eran Estopa, sino los Urbans, unos aprendices de grafiteros. Sí, ya hay alguna cana, han vendido millones de discos, no viven en pisos sino en casas —una cada uno en Cornellà, otras dos en la costa y otra en Madrid para trabajar—, su padre ya no regenta el bar La Española, sino sus ahorros. “Usa la cuenta de la vieja y no hay quien le engañe”, dice José, pero continúan siendo más transparentes que la muselina. Son Estopa, ahora confinados cada uno en su casa.

Para romper esta rutina, no olvidarse de su público y brindar apoyo a todo el personal que está ayudando en la pandemia, Estopa colgó en marzo un concierto “que fue un poco precario”, recuerda David, ya que por la latencia de la señal no podían cantar ni tocar a la vez, pues de lo contrario, como cuenta en la grabación “eso sería como el shosho de la Bernarda”. Para quitarse la espinita, han lanzado también a la red Corazón sin salida, un clip doméstico ya con postproducción de audio y vídeo que les permite instrumentación, simultaneidad y efectos de vídeo. De paso este Corazón sin salida recuerda que tienen un disco nuevo, Fuego, que ahora deberían estar presentando en concierto. David reconoce su preocupación, en especial por el personal de gira. “Son chavales que trabajan a tope en verano para vivir el resto del año, y si no hay gira no tienen ningún ingreso. Suelo llamarles para ver cómo están, aunque no les puedo decir nada porque nadie ha dicho cómo saldrá de esto la música”. De momento han anulado la gira en mayo.

En su encierro doméstico algo ha cambiado en relación a sus años jóvenes: “Durante el día la consola es de los niños y no podemos jugar. A veces, cuando se han acostado ellos y nuestras mujeres —sus novias de chavales—, José y yo echamos una partidita de fútbol”, confirma un David al que su hijo, más bien sus deberes que afrontan cada tarde, le traen por la calle de la amargura: “Se pasan un huevo con ellos, les ponen cantidad de cosas que no les han explicado y que han de ver en un vídeo y además hay que usar aplicaciones, contraseñas, subirlos al Google y yo qué sé más, es una mierda, ponlo, por favor”. José, con otro hijo y que de chaval no era de estudiar, ríe respondiendo a David: “Hombre, es que los deberes no son los de nuestra época”, una evidencia que no tranquiliza a su hermano. Tanto es así que asegura orgulloso: “Ahora siempre me toca fregar los platos, y tras cargarme un par de sartenes he aprendido a usar la parte suave del estropajo para no desgastar la capa adherente. Soy un experto”, suelta antes de apurar su cervecita. No es extraño que sus letras aún no se hayan despegado de una cotidianeidad que fue su vida hasta 1999, cuando publicaron Estopa.

De aquella época, además de con El Jandy, mantienen bastante contacto con Queco, a quien llevaban en su abollado Ford Escort a la fábrica, que aún continúa abierta. “Lástima que ahora tiene una lesión en la rodilla y no nos vemos tanto”, lamenta David. Igualmente ven a su primo mayor, Óscar, que también dejó la fábrica y ahora, como corredor de seguros, les lleva estos temas. Han perdido contacto con Martínez, el encargado diurno, currante humano y paternal que llamaba a David "El Loco” porque garabateaba sus letras en las hojas de producción. “Pero aunque no le vemos seguro que vive. En Cornellà solo hay un tanatorio y nos hubiésemos enterado”, asegura David. Con quien no tienen contacto es con El Bosnio, que sirvió en la aerotransportada en Bosnia, claro, y cazaba pajarillos con ballesta ¡glups!; ni con El Tortuga, poseedor de un cuello merecedor del mote.

Y si el nexo con la calle de Cornellà sigue vivo, también se mantiene con Zarza Capilla (Badajoz), pueblo de su padre, Pablo, donde cada verano van con sus hijos “para que vivan lo que nosotros vivimos y el pueblo no muera”. Allí no son Estopa, son Los Sardinas, pues su abuelo vendía este pescado “primero en bici”, recuerda José, “y luego en una moto, que como no sabía cómo parar, la primera vez, dio vueltas hasta quedarse sin gasolina”. Son millonarios en chancletas, y como dice José “muy amarrateguis. Nos han propuesto abrir bares, geriátricos, lanzar marcas de ropa, pero siempre hemos dicho no, no nos gustan los líos. Ni a nosotros ni a nuestro padre, responsable de nuestros ahorros, en el que confiamos plenamente. ¡Es nuestro padre!”. Genio y figura.

 

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